LOS PERROS JAROS
los perros jaros
Muerte de Akela
10 de febrero de 2021
Un día a la hora del crepúsculo, mientras caminaba distraídamente por
los bosques llevando para Akela la mitad de un
gamo que había cazado y mientras los cuatro se empujaban, como gruñendo
y revolcándose por juego escucho un grito que nunca había vuelto a oír desde
los malos días de Shere Khan. Era lo que llaman en la selva el feeal, una
especia de horroroso chillido que da el chacal cuando caza siguiendo a un tigre,
o cuando tiene a la vista piezas de caza mayor. Si pueden imaginarse una mezcla
de odio de triunfo, de miedo y de desesperación, en un solo grito desgarrador, tendrán
una leve idea del feeal que se elevó, descendió y vibró en el aire, a lo lejos,
del otro lado del Waingunga. Los cuatro lobos dejaron de jugar en el acto, con
los pelos erizados y gruñendo. La mano de Mowgli se dirigió hacia el cuchillo y
se detuvo, congestionado el rostro y fruncido ceño. No hay por aqui ningún rayado
que se atreva a matar.. dijo. No es ese el grito del explorador- observo el
Hermano Gris. Eso es una gran cacería Escucha! Resono de nuevo el grito, medio
sollozo, medio risa, como si el chacal
tuviera flexibles labios humanos.
Respiro entonces Mowgli profundamente y hecho a correr hacia la Peña del
Consejo, adelantándose en el camino a los lobos de la manada que también se
apresuraban. Fao y Akela estaban juntos sobre la Peña y mas abajo de ellos veíanse
a los demás, con los nervios en tensión. Las madres y sus lobatos corrían hacia
sus cubiles, porque cuando resuena el feeal conviene que los débiles se
recojan. Nada oían sino el rumor del Waingunga que corría en la oscuridad y las
brisas del atardecer entre las copas de los arboles cuando de pronto, al otro lado
del rio, aulló un lobo. No era un lobo de la manada, porque estos se hallaban
alrededor de la Peña. El aullido fue adqu9ieriendo un tono de desesperación. ¡Dhole!
Decía ¡Dhole! ¡Dhole! Oyeron pasos cansados entre las rocas y un demacrado
lobo, con los flancos llenos de rojas estrías, destrozada una de sus patas
delanteras y el hocico lleno de espuma, se lanzo en medio del circulo y jadeante,
se echo a los pies de Mowgli. ¡Buena suerte! ¿
Quien es tu jefe? Dijo Fao gravemente.
¡Buena suerte! Soy Wont-tolla respondió el recién llegado. Quería decir con esto que era un lobo solitario que atendía a su propia defensa a la de su compañera y a la de sus hijos en algún aislado cubil, como lo hacen muchos lobos en la pare sur del país. Wont-tolla quiere decir uno que vive separado de los demás, que no forma parte de ninguna manada, Jadeaba y su corazón latía con tal fuerza, que se sacudía todo su cuerpo. ¿Quién anda por allí? Prosiguió Fao, porque esto es lo que todos los habitantes de la selva se preguntan
¡Los Dholes, los dholes del Dekkan.. los perros de rojiza pelambre, los asesinos! Vinieron al norte desde el sur diciendo que en el Dekkan no había nada y exterminando todo a su paso. Cuando esta luna era luna nueva, tenia yo cuatro de los míos: mi compañera y tres lobatos. Ella los enseñaba a cazar en las llanuras cubiertas de yerba, escondiéndose para correr después los gamos, como lo hacemos los que cazamos en campo abierto. A medianoche los oí pasar juntos, dando grandes aullidos, siguiendo un rastro. Al soplar la brisa matutina, halle a los mios yertos sobre la yerba… a los cuatro, Pueblo Libre, a los cuatro, cuando estábamos en luna nueva. Hice entonces uso del derecho de la sangre y me fui en busca de los dholes. ¿Cuántos eran? Pregunto rápidamente Mowgli, y la manada gruñía rabiosamente. No se. Tres de ellos ya no mataran más, pero al fin me persiguieron como a un gamo: me hicieron correr con solo las tres patas que me quedan ¡Mira pueblo libre! Adelanto su destrozada pata, toda ennegrecida por la sangre seca. Tenia junto a los ijares crueles mordiscos y el cuello herido y desgarrado. ¡Come! Le dijo Akela, levantándose de la encima de la carne que Mowgli le había traído, inmediatamente lanzó se sobre ella el solitario. No será perdida esto que me dais- dijo humildemente cuando hubo satisfecho un poco su hambre. Préstame fuerzas. Pueblo libre, y también yo matare luego. Esta vacío mi cubil, antes cuando era luna nueva, y aun no esta pagada del todo la deuda de sangre. Fao oyó como crujían sus dientes sobre un hueso y gruño con aire de aprobación. Necesitamos de tus quijadas -dijo- ¿Iban cachorros con los dholes? No, no. Todos son cazadores rojos: cazadores de manada grandes y fuertes, aunque toda su comida consiste, allá en Dekkan, en lagartos. Lo que había dicho Wontolla significaba que los dholes, los rojos perros cazadores del Dekkan, iban de paso buscando algo que matar, y la manada sabía que incluso un tigre le cederá su presa a los dholes.
que este cuchillo será para la manada como un
colmillo más, y no creo que su filo este muy embotado. Esta es la palabra que
tenia que decir y que empeño. No conoces a los dholes hombre que hablas como
los lobos -dijo Won-tolla- tan solo quiero pagar la deuda de sangre que tengo
con ellos antes que me destrocen. Avancen despacio, matando a medida que se
alejan, pero en dos días abre recobrado ya al de mis fuerzas, con lo que poder
volver a la lucha. En cuanto a vosotros, Pueblo Libre opino que debéis ir hacia
el norte y que comais poco durante un tiempo, durante el tiempo que tarden en
pasar los dholes. No habrá de produciros carne esta cacería. ¡Oigan al
solitario! Dijo Mowgli dando una risotada- ¡Pueblo Libre!! Hemos de huir hacia
el norte y dedicarnos a coger lagartos y ratas por miedo de tropezar con los
dholes1 hay que dejar que maten todo lo que quieran en nuestros cazaderos ,entre
tanto que nosotros nos escondemos en el norte, hasta que ellos quieran devolvernos
lo que es nuestro. No son más que unos perros ( mejor dicho, cachorros de
perros) rojos de vientre amarillo y sin cubiles y con pelos entre los dedos de
las patas. Sus camadas constan de seis u ocho pequeñuelos, como las de -chikai,
el diminuto ratoncillo saltador. Sin duda hemos de huir, Pueblo libre, y pedir
como un favor a los del norte que nos dejen comer alguna res muerta. Ya conocéis
el dicho “ en el norte, miseria: en el sur, piojos, en canto a nosotros somos
la selva. “Escoged “Sera una buena cacería! ¡ Por la manada por toda la manada,
por toda la manada, por los cubiles y las camadas, por lo que se mata fuera y
dentro de aquellos, por la compañera que persigue al gamo, por los cachorrillos
que están en las cavernas… juremos por la lucha… juremos, … juremos! Respondió
la manada con un profundo aullido que resonó en la noche como el estruendo de
un enorme árbol que cae.
-¡Lo juramos! -gritaron.
-Permanezcan con ellos -ordenó
Mowgli a los cuatro-. Todo colmillo hará falta. Que Fao y Akela preparen todo para la batalla. Yo iré a
contar los perros. -¡Eso significa la muerte! -exclamó
Won-tolla levantándose a medias-. ¿Qué puede hacer ése, que ni pelo tiene, contra los rojizos perros? Acuérdense de
que hasta el Rayado...
-En verdad que eres un solitario -interrumpió
Mowgli-. Pero hablaremos de esto cuando hayan
muerto los dholes. ¡Buena suerte para todos!
Echó a
correr, hundiéndose entre las sombras, y era presa de tal agitación que apenas miraba dónde pisaba; consecuencia de ello fue caerse cuan largo era
entre los grandes anillos de Kaa, la serpiente pitón, donde ésta estaba al
acecho, cerca del río, frente a un sendero
frecuentado por los ciervos.
-iKscha! -silbó
Kaa malhumorada-. ¿Es esto actuar según el estilo de la selva,
venir haciendo tal ruido con los pies, caminando tan torpemente para estropearle a uno el trabajo de toda
una noche.., y precisamente cuando se presentaba tan bien la caza? -iEs mi culpa! -dijo Mowgli levantándose-. En
realidad, a ti te buscaba, Cabeza Chata;
pero cada vez que nos encontramos, estás más gruesa y más grande; lo menos has crecido un trozo
como
este brazo.
No hay nadie
como tú en la selva, discreta, vieja, fuerte, y hermosísima, Kaa. -¿A dónde vas a parar por ese camino? dijo Kaa con
voz más suavizada-. No cambió aun la luna desde que un hombrecito armado de un cuchillo me tiraba piedras a la cabeza y me llenaba de insultos porque dormía al
raso. -¡Ya lo creo! Y a todos los
ciervos que perseguía Mowgli, los espantabas, y esa Cabeza Chata era tan sorda, que no percibía mis silbidos
para que dejara libre el camino de los ciervos
-respondió Mowgli con mucha calma, sentándose entre los pintados anillos
de la serpiente.
-Pero ahora, ese mismo hombrecito trae en los labios
palabras suaves y halagadoras, y le dice a aquella misma Cabeza Chata que es discreta, fuerte, hermosa, y
ella se deja persuadir y le hace sitio... asi... al que le tiraba piedras, y...
¿Estás cómodo ahora? ¿Podría
Bagheera ofrecerte tan cómodo lugar de descanso? Como de
costumbre, Kaa había convertido su cuerpo en una suerte de blanda
hamaca,
bajo
el peso del cuerpo de Mowgli. Se tendió el muchacho en medio de la oscuridad, y
se enroscó en aquel cuello
flexible que parecía un cable, hasta que la cabeza de Kaa descansó sobre su hombro, y luego le refirió cuanto
había ocurrido en la selva
aquella noche. -Puedo ser lista dijo Kaa cuando él terminó-, pero
sorda ciertamente lo soy. De otra manera,
hubiera oído el feeal. Ya no me extraña que los que comen hierba estén tan inquietos.
¿Cuántos serán los dholes? -Aún no
los he visto. Vine corriendo a
verte. Tú eres más vieja que Hathi. Pero, Kaa... - y al decir esto temblaba
de gusto-: ¡Qué magnífica cacería será! Pocos de nosotros viviremos cuando cambie la luna. -¿También
tú tomarás parte en esto? Acuérdate de que eres hombre y de cuál fue la manada
que te arrojó de ella. Que el lobo salde sus cuentas con el perro. Tú eres un hombre.
-Las nueces de antaño, son hogaño tierra negra -replicó Mowgli-. Es
cierto que soy un hombre, pero me
parece haber dicho esta noche que soy un lobo. El río y los árboles son mis testigos. Pertenezco al Pueblo Libre, Kaa, hasta que los dholes
hayan pasado. -¡Pueblo
Libre! -murmuro Kaa-. ¡Pandilla suelta de
ladrones! ¿Y tú te ligaste a ellos en un
nudo de muerte, sólo por la memoria de los lobos muertos? Eso no es buena caza.-¿Cuándo llegarán? dijo Fao.
-¿Y dónde está mi hombre-cachorro?
-preguntó Akela. -Vendrán cuando hayan de venir -respondió
Kaa-. Espéralos y verás. En cuanto a tu hombre-cachorro, al
cual le hiciste empeñar su palabra y que has conducido así a la muerte, tu hombre-cachorro, digo, está
conmigo, y si no está ya muerto ahora mismo no tienes tú la culpa, ¡perro blanqueado! Espera aquí a los dholes, y alégrate de que el
Hombre
cachorro y yo peleemos a tu lado. Tornó Kaa
a remontar con rapidez la corriente y dio fondo en mitad de la estrecha garganta, mirando hacia arriba, hacia el borde de
los cantiles. Vio de pronto la cabeza de Mowgli que se proyectaba
contra las estrellas, luego oyóse un rumor, como un silbido
en el
aire y el agudo sonar de un cuerpo que caía de pie, y al minuto siguiente ya encontrase el muchacho descansando de nuevo sobre
los anillos de Kaa. -Este salto, de noche, no es nada dijo Mowgli suavemente-. He saltado de doble altura sólo por divertirme; pero allá arriba sí que es
mal sitio: puros arbustos bajos y zanjas profundas, todos llenos del pueblo Diminuto. Coloqué grandes piedras
superpuestas en el borde de las tres zanjas.
Al correr, les daré con el píe y las lanzaré abajo, y así todo el pueblo Diminuto se levantará detrás de mí,
furioso. -Eso es habladurías y
astucias de hombre -dijo Kaa-.
Eres listo, pero ese pueblo está enfurecido
siempre. -No; al anochecer todas
las alas descansan un rato, las que están cerca y las que están lejos. Me entretendré con los dholes a esa hora,
porque ellos cazan mejor de día. Ahora siguen
el rastro de sangre que dejó Won-tolla.
-Ni Chil abandona nunca un buey muerto, ni los dholes
un rastro de sangre -sentencié
Kaa. -Entonces les daré un rastro nuevo, hecho con su
propia sangre, si puedo, y les haré morder
el polvo. ¿Te quedarás aquí, Kaa, hasta que regrese con mis dholes? -Sí. Pero ¿qué sucederá si te matan en la selva, o
si el pueblo Diminuto te mata antes que
puedas saltar al río? -Cuando
llegue mañana, cazaremos lo de mañana -respondió Mowgli citando un dicho de la selva; y prosiguió-:
Cuando esté muerto, que me canten la Canción de la Muerte. ¡Buena suerte, Kaa!
Apartó su brazo del cuello de la
serpiente y descendió por la garganta como si fuera un madero arrastrado por la
avenida, chapoteando en dirección de la lejana orilla donde el agua formaba un remanso, y
riéndose a carcajadas de puro gozo. A Mowgli nada le gustaba más que jugar con la muerte y
mostrarle a toda la selva que él era allí el amo y su archiamo. Con frecuencia había
robado,
ayudado de Baloo, colmenas que
las abejas fabricaban
en árboles aislados; gracias a ello, sabía que el pueblo Diminuto no puede sufrir el olor del ajo silvestre.
Por tanto, recogió un haz de esas plantas, lo ató con una tira de corteza, y
luego empezó a seguir el rastro de sangre de Won-tolla, hacia el sur y a partir de los cubiles, por espacio de más de una legua, mirando los árboles
con la cabeza inclinada a un lado, y riendo como loco al mirar.
-He sido Mowgli, la Rana -se
decía a sí mismo-; y he dicho que soy Mowgli, el Lobo. Ahora me toca ser Mowgli, el Mono, antes de ser
Mowgli, el Gamo. Al fin acabaré por ser
Mowgli, el Hombre. ¡Oh! Y al decir
esto pasó el pulgar por la hoja de su cuchillo, de dieciocho pulgadas de largo.
El rastro de Won-tolla,
todo él formado de oscuras manchas de sangre, se deslizaba bajo un bosque de copudos árboles muy agrupados que se
extendía hacia el noroeste, y que clareaba gradualmente desde la distancia de media
legua antes de llegar a las Rocas de las Abejas. Desde el último árbol, hasta
llegar a la broza baja de esas rocas, era ya campo abierto en donde apenas habría encontrado refugio un lobo. Corrió
Mowgli por debajo de los árboles, calculando las distancias
entre rama y rama, encaramándose de cuando
en cuando en un tronco, y saltando por vía de ensayo de un árbol a otro, hasta que llegó al campo abierto, al que estudió cuidadosamente
durante una hora. Regresó entonces y tomó de nuevo el rastro de Won-tolla
donde lo había dejado, se acomodó en un
árbol que mostraba una rama saliente a unos dos metros y medio del suelo, y
allí permaneció sentado
tranquilamente, afilando su cuchillo en la planta del pie y cantando.
Poco
antes del mediodía, cuando el calor era extremoso, escuchó ruido de pasos y percibió el abominable olor de la manada de dholes
que seguían, con aire feroz, el rastro de Won-tolla. Vistos desde arriba los rojizos dholes no parecían tener ni la mitad del tamaño de un lobo;
pero Mowgli sabía cuán fuertes eran sus pies y sus quijadas.
Observó
la cabeza puntiaguda y de color bayo del que los dirigía, el cual olfateaba la pista, y le gritó:
-iBuena caza! La fiera miró hacia arriba y sus
compañeros se pararon detrás de
él, docenas y docenas
de
rojizos perros, de largas y colgantes colas, sólidas espaldas, débiles patas
traseras y ensangrentadas bocas. Por
lo general, los dholes son muy silenciosos y no guardan buenas formas incluso
con los de su manada. Eran unos
doscientos los que se hallaban reunidos
debajo de Mowgli, pero éste vio que los delanteros olfateaban con aire de hambrientos el rastro de Won-tolla,
e intentaban que toda la manada siguiera adelante. Pero esto no le convenía, porque entonces llegarían a los cubiles en pleno día; la intención de Mowgli era entretenerlos allí, bajo el
árbol, hasta el anochecer. -¿Con qué permiso venís aquí? -les
dijo.
-Todas las selvas son nuestras -fue
la respuesta, y el dhole que se la dio le mostró los blancos
dientes.
de Chikai, el ratón saltador del Dekkan, dando a entender con esto que tenía en tan poco a los dholes como al mismo Chikai. Se agrupó entonces la perrada alrededor del tronco, y el que la dirigía ladró furiosamente llamándole a Mowgli mono. Por toda respuesta, alargó el muchacho una de sus desnudas piernas y movió los dedos del pie, precisamente sobre la cabeza del perro. Esto fue suficiente, demasiado suficiente para poner fuera de sí a toda la manada. Los que tienen pelo entre los dedos,
no
gustan de que nadie se lo recuerde. Apartó Mowgli su pie cuando el jefe saltó
para mordérselo, y le dijo
suavemente: -¡Perro,
perro rojizo! ¡Vuélvete al Dekkan a
comer lagartos! ¡Vete con Chikai, tu hermano...
perro... perro rojizo, rojizo! ¡Tienes pelo entre los dedos! -y
movió sus propios dedos por segunda
vez. -iBaja de allí antes que te
sitiemos por hambre, mono pelón! -aulló la manada, y eso era precisamente
lo que Mowgli quería. Acostóse a lo largo de la rama, apoyada una
mejilla contra la corteza, libre su brazo derecho, y en esta posición le dijo a la manada lo que pensaba y sabía
de ella, sus maneras, sus costumbres,
compañeros y pequeñuelos. No hay en
el mundo lenguaje tan
rencoroso y ofensivo como
el que usa el pueblo de la selva para mostrar su superioridad y su desprecio. Si piensan ustedes durante un
momento, verán cómo esto tiene que ser así.
Como le había dicho Mowgli a Kaa, tenía en la lengua espinas muy punzantes, y poco
a poco, y asimismo deliberadamente, llevó a los dholes desde el silencio a los gruñidos, de éstos a los aullidos, y de los
aullidos a la más sorda e imponente rabia. Intentaron contestar sus
improperios, pero lo mismo hubiera
intentado hacerlo un cachorro al que
hubiese enfurecido con su lenguaje Kaa; durante todo este tiempo, la mano derecha (le Mowgli estuvo siempre junto al
costado, encogida y pronta para la acción,
mientras sus pies se cruzaban en torno de la rama. El enorme jefe bayo había saltado muchas veces en el aire, pero Mowgli no
quiso arriesgarse a dar un golpe en falso.
Por último, enfurecido hasta lo indecible, saltó el animal a más de dos metros desde el nivel del suelo. Entonces la mano del
muchacho lanzó se hacia aquél como si
fuera la cabeza de una de las
serpientes que viven en los árboles y lo aferró por la piel del
pescuezo; la rama se sacudió de tal modo cuando echó hacia atrás todo el peso
de su cuerpo, que casi arrojó a Mowgli al
suelo. Pero no soltó a su presa, y,
pulgada a pulgada, levantó a la
bestia que colgaba de su mano como un chacal ahogado. Con la mano izquierda asió su cuchillo y cortó la roja y
peluda cola y arrojó después al suelo al dhole. No necesitaba hacer más. La manada ya no seguiría el rastro de Won-tolla, hasta que mataran a Mowgli o Mowgli los matara a ellos.
Vio que se sentaban formando círculos
y con un temblorcillo en las ancas, lo que significaba que allí permanecerían; por tanto, encaramase a un sitio más alto donde
se cruzaban dos ramas, apoyó allí la espalda
con toda comodidad y se quedó dormido. Despertó
al cabo de tres o cuatro horas y contó los perros de la manada. Todos estaban allí, silenciosos, hoscos, secas las fauces y los
ojos fríos como el acero. El sol empezaba a ponerse. Dentro de media
hora, el pueblo Diminuto de las rocas terminaría su labor, y, como ya se dijo, los dholes no pelean tan bien a
la hora del oscurecer. -No
necesitaba tan buenos vigilantes -dijo cortésmente, poniéndose en pie en la rama-; pero ya acordaré de esto. Son ustedes verdaderos
dholes, pero, en mi opinión, demuestran
demasiado celo. Por eso no le entregaré su cola al comedor de lagartos. ¿No estás contento, perro rojizo? -Yo mismo te sacaré las tripas -aulló
el jefe de la manada, arañando el pie
del árbol. -No
harás tal. En vez de eso, piensa un poco, sabia rata del Dekkan. Verás cuántas
camadas
nacerán de perrillos rojos sin cola; eso es, con muñoncitos rojos en carne viva
que les escocerán cuando la
arena arda, calentada por el sol. Vuélvete a tu casa, perro rojizo. y publica que un mono te ha hecho eso. ¿No te irás? Entonces,
ven conmigo y yo te enseñaré a ser discreto.
Saltó
entonces Mowgli, al estilo de los Bandar-log, al árbol más próximo;
de éste, al siguiente, y luego al otro y al de más allá, y le seguían siempre los perros, levantada la cabeza, hambrientos. De cuando en cuando fingía
caerse, y los de la manada se atropellaban los unos a los otros en su prisa por ser los primeros en
matarlo. Era un espectáculo curioso:
el muchacho saltando por las ramas
más altas de los árboles, brillando
su cuchillo a la luz del sol que ya estaba bajo, y la silenciosa manada rojiza que parecía de fuego apiñándose y siguiéndolo
desde abajo. Cuando llegó al último árbol,
cogió los ajos que llevaba y se frotó
con ellos el cuerpo todo cuidadosamente, y los dholes aullaron despectivamente.
-Mono con lengua de lobo, ¿crees que así nos harás
perder tu rastro? -dijeron-Te seguiremos hasta matarte.
-Toma tu cola -respondió Mowgli, arrojando
hacia atrás la que había cortado, y
la manada, instintivamente, se
precipitó sobre ella-. Y ahora, síganme, hasta la muerte. Se
había deslizado por el tronco de un árbol, y corría, desnudos los pies y ligero
como el viento hacia las Rocas de las
Abejas, antes de que los dholes
comprendieran lo que iba a hacer.
Lanzaron
éstos un profundo aullido, y empezaron a correr con aquel largo y pesado galope
que acaba por rendir al fin a cuanto sea capaz de correr. Sabía Mowgli que, juntos en manada, su velocidad era muy inferior a la de los lobos; de lo contrario, nunca se hubiera arriesgado a aquella carrera de media
legua en campo abierto. Ellos estaban seguros de que por último se apoderarían
del muchacho, y él lo estaba también de que podía jugar con ellos como quisiera. Toda su labor
consistía en mantenerlos suficientemente excitados tras él para evitar que se
volvieran antes de tiempo. Corría metódicamente,
con paso igual y gran elasticidad, y el jefe sin cola iba a cinco metros detrás de él y lo seguían los demás en un espacio de terreno que podría medir unos cuatrocientos metros, locos, ciegos de coraje
todos los dholes, y ansiosos de matar. Así mantuvo el muchacho su distancia, sirviéndose del oído para calcularla,
reservando su último esfuerzo para
cuando se lanzara entre las Rocas de
las Abejas. El pueblo Diminuto se había entregado al sueño al
empezar el ocaso, porque no era aquella
la estación en que se abren tarde las flores. Pero cuando sonaron los primeros pasos de Mowgli en el suelo hueco, oyó tal ruido
que no parecía otra cosa sino que la tierra
entera rezumbara. Entonces corrió como nunca antes había corrido en su vida, y dio un puntapié a uno, a dos, a tres de los
montones de piedras, arrojándolas en las oscuras grietas que exhalaban un olor dulzón. Oyó una especie de
bramido, parecido al del mar cuando invade
una caverna; miró con el rabillo del ojo y vio que el aire se oscurecía a su espalda.
Vio
también la corriente del Waingunga allá abajo, y sobre el agua una cabeza chata de forma parecida a un
diamante. Saltó al vacío con toda su fuerza, oyendo cómo se cerraban las quijadas del dhole sin cola, cuando
iba por el aire, y
cayó en el río, de pie, salvo ya, sin aliento y triunfante. Ni una picadura
tenía en el cuerpo porque el olor del
ajo había mantenido a distancia
al pueblo Diminuto durante los breves segundos que estuvo entre las abejas. Cuando
surgió a la superficie del agua, lo sostenían los anillos de Kaa, y multitud de
cosas saltaban desde el borde del
acantilado; grandes montones, según parecía, de abejas apiñadas que
descendían como plomos de sondas; pero antes de que cualquiera de ellos tocara el agua, volaban las abejas hacia
arriba y el cuerpo de un dhole daba volteretas
en la corriente, que lo arrastraba. Mowgli y su
compañera oían allá, sobre su cabeza,
furiosos y breves aullidos, pronto ahogados
por una especie de bramido como cuando rompe el mar contra los escollos: el enorme rumor de las alas del pueblo Diminuto de
las Rocas. Asimismo algunos de los dholes habían caído en
las grietas que comunicaban con las cavernas subterráneas, en donde,
ahogándose, peleaban y mordían entre los panales desprendidos, y al cabo eran levantados, aun cuando ya estuvieran
muertos, por las ascendentes oleadas de abejas que había debajo de
ellos, y arrojados a algún agujero frente al río y de allí lanzados a los negros
montones de basura. Otros dholes saltaron sobre los árboles de los acantilados, y las abejas cubrían sus cuerpos
hasta borrar sus
contornos;
pero la inmensa mayoría de ellos, locos por las picaduras, se habían arrojado al río, y, como Kaa lo había dicho, el Waingunga está siempre
hambriento. Kaa sostuvo a Mowgli fuertemente hasta que
recuperó el aliento el muchacho.
-Es preferible no permanecer aquí -dijo-. El
pueblo Diminuto está alborotado en verdad.
Ven! Nadando tan aplastado contra el
agua cuanto le era posible y zambulléndose con frecuencia, Mowgli descendió por el río, cuchillo, en mano. -iDespacio! ¡Despacio! -decía
Kaa-. Un solo diente no matará a centenares, a menos que sea un diente de cobra, y muchos dholes se arrojaron de inmediato al agua cuando vieron al pueblo Diminuto. -Así tendrá más trabajo mi cuchillo, entonces.
¡Fai! ¡Cómo nos siguen las abejas! Mowglí se
zambulló de nuevo. La superficie del agua estaba cubierta de abejas que zumbaban irritadas y picaban cuanto hallaban a su
paso. -Nada se ha perdido nunca con
guardar silencio -dijo
Kaa; ningún aguijón podía atravesar
sus escamas-, y tienes toda la noche para tu cacería. ¿Oyes
cómo aúllan? Casi la mitad de la manada había visto la trampa en que habían caído sus compañeros, y
volviéndose rápidamente a un lado se
habían arrojado al agua donde la garganta formaba ribazos. Sus gritos de rabia y sus amenazas contra el
"mono de los bosques"que los había engañado tan vergonzosamente, se confundían con los aullidos y el gruñir
de los que habían sido
atormentados por las picaduras del pueblo Diminuto. Quedarse en la ribera, era la muerte segura, y bien lo
sabía cada uno de los dholes. Su manada iba río abajo dirigiéndose a los profundos remansos de la Laguna de la Paz, pero incluso hasta allí los seguía el pueblo Diminuto y los
obligaba a volver al centro de la corriente. Podía escuchar Mowgli la voz del jefe sin cola animando a los suyos y
diciéndoles que mataran a todos los lobos de Seeonee; pero no perdió su tiempo escuchándola. -iAlguien mata en la oscuridad, detrás de
nosotros! -ladró uno de los dholes-. El
agua está teñida de sangre. Mowgli se había zambullido está teñida de sangre.
Mowgli se había zambullido y nadaba como si
fuera una nutria, arrojó a uno de los dholes
bajo el agua antes que tuviera tiempo de abrir el hocico, y surgieron a la superficie unos círculos oscuros al aparecer el
cuerpo que se volvía de lado. Los dholes intentaron retroceder pero la
corriente se lo impidió, y el pueblo Diminuto continuaba picándolos en la cabeza y en las orejas; podían oír, además, el reto de la manada de
Seeonee que se escuchaba cada vez más
fuerte y profundo en la oscuridad creciente.
Nuevamente
se zambulló Mowgli, y otro dhole fue a parar bajo el agua, y luego surgió, muerto, y estalló de nuevo el clamor entre los rezagados de la manada, aullando algunos
que debían ganar la orilla,
en tanto que otros llamaban a su jefe y le pedían que los volviera al Dekkan, y otros, por último, desafiaban
a Mowgli a que se presentara para matarlo. -Ésos vienen a la pelea con pensamientos diferentes
y muchas voces -dijo Kaa-. Lo que falta
hacer corresponde a los tuyos allá abajo. El pueblo Diminuto regresa a dormir;
ya se alejaron mucho
persiguiéndonos. Ahora yo también me regreso porque no soy de la misma clase que los lobos. ¡Buena caza, hermanito,
y recuerda que los dholes dirigen abajo sus mordiscos! Llegó un
lobo corriendo en tres patas por la ribera del río, ora saltando, ora ladeando
y aplastando la cabeza contra el
suelo, ya encorvando la espalda, ya
saltando a tanta altura como le era
posible, como si estuviese jugando con sus cachorros. Era Won-tolla, el Solitario; no decía palabra, sino que continuaba su horrible juego
persiguiendo a los dholes. Éstos
hacía ya rato que estaban en el agua y les pesaba el mojado pelo y las gruesas colas que les colgaban como
esponjas, tan rendidos que también ellos callaban, mirando aquel par de ojos llameantes que se movían
frente a ellos. -¡Esto
no es cazar según las reglas! -dijo uno, jadeando. -¡Buena suerte! -dijo
Mowgli surgiendo completamente del agua al lado de la fiera, clavándole su largo cuchillo junto a la espaldilla
y apretando todo lo que pudo para evitar
la dentellada del agonizante. -¿Estás
allí, hombre-cachorro? -gritó Won-tolla
desde la orilla. -Pregúntaselo a los muertos, Solitario -respondió Mowgli-. ¿No has visto bajar a
ninguno por el río? ¡Les hice morder el
polvo a esos perros! Les jugué una mala pasada a plena luz del día y a su jefe le corté la cola; pero todavía quedan
allí algunos para ti.
¿Hacia
dónde quieres que los obligue a ir? -Esperaré -dijo Won-tolla-. Me queda aún toda la noche.
Cada
vez se oían más cerca los aullidos de los lobos de Seeonee. -iPor la manada! ¡Por la manada en pleno, lo que
hemos jurado! Y un recodo del río
arrojó a los dholes entre la arena y los bajíos que había frente a los cubiles. Y entonces
se dieron cuenta de su error. Debieron haber saltado a tierra unos
ochocientos
metros más arriba y atacar a los lobos en terreno seco. Pero ahora ya era demasiado tarde. En la orilla se veía una línea de ojos que parecían de fuego,
y excepto el horrible feeal no interrumpido desde la puesta del sol, no se
percibía ningún ruido en la
selva. Parecía como si Won-tolla los hubiera atraído para que tomaran tierra
allí. -¡Den la vuelta y ataquen! -dijo
el jefe de los dholes. La manada entera se lanzó a la playa, chapoteando
en los bajíos, hasta que toda la superficie
del río se agitó y cubrió de blanca espuma, formando círculos que iban de un lado a otro del río como los
de un barco. Mowgli siguió la embestida, acuchillando y rebanando mientras los dholes corrían apiñados por
la orilla como una ola.
torno
suyo, debajo de él y por encima de
él. Conforme avanzaba la noche, el rápido e insoportable movimiento giratorio aumentó. Los dholes se sentían
acobardados y temerosos para
atacar a los lobos más fuertes, pero aún no se atrevían a huir. Mowgli adivinó
que la pelea tocaba a su fin, y contentóse ya nada más con herir y dejar inutilizadas a sus víctimas. Los lobos de un año
tornábanse más atrevidos; ya era posible
de cuando en cuando tomar un respiro, hablar con el compañero que estaba al lado, y el brillo del cuchillo hacía que retrocediera alguno de los perros.
-Ya casi no queda sino el hueso por roer -gritó
el Hermano Gris que manaba sangre por veinte heridas.
-Pero hay que roerlo -respondió Mowgli-.
¡Eowawa! ¡Así se hacen las cosas en la selva! La roja hoja del cuchillo, corriendo como llamarada, se hundió en los ijares de un
dhole cuyos cuartos traseros quedaban
ocultos por un lobo que lo tenía agarrado. -iEs mi presa! -gruñó el lobo arrugando la
nariz-. ¡Déjamelo! -¿Tienes
aun vacío el vientre, Solitario? -dijo Mowgli. Won-tolla
había sido terriblemente herido; pero mantenía paralizado al dhole que no podía volverse para morderlo.
-¡Por el toro que me rescató! -exclamó
Mowgli con amarga sonrisa-. ¡Si es el rabón!
En
efecto, era el perro de color bayo que dirigía la manada. -No es discreto matar cachorros y lahinis -prosiguió Mowgli filosóficamente, limpiándose la sangre que le cubría los ojos-; a
no ser que haya matado también al Solitario,
y me parece que ahora Won-tolla te matará a ti. Acudió un
dhole en ayuda de su jefe; pero antes
de que clavara sus dientes en el costado de Won-tolla, el cuchillo de
Mowgli se clavó en la garganta del perro y el Hermano Gris se encargó de
rematarlo. -¡Así
se hacen las cosas en la selva! -dijo de nuevo Mowgli. Won-tolla nada dijo; tan sólo sus quijadas fueron
cerrándose cada vez más sobre el espinazo
del dhole al paso que su propia vida se extinguía. Se estremeció el dhole, cayó
su cabeza y quedó inmóvil, mientras que el mismo Won-tolla
caía también sobre su cuerpo. -iHuh! La deuda de sangre está pagada dijo
Mowgli-. Canta la canción, Won-tolla. -No cazará ya más dijo el Hermano Gris-. Y
Akela también guarda silencio desde hace mucho rato.
Estoy
vivo, y he matado a muchos. -¡Muy
bien! Yo me muero, y quisiera. . . quisiera morir a tu lado, hermanito. Mowgli
apoyó en sus rodillas la cabeza llena de horrorosas heridas y puso sus brazos
en torno del cuello, desgarrado también. -Ha pasado ya mucho tiempo desde aquellos días en que
vivía Shere Khan y en que un hombre-cachorro
se revolcaba desnudo en el polvo. -¡No! ¡No! ¡Yo soy un lobo! ¡Yo soy de la misma
raza que el Pueblo Libre! -dijo Mowgli llorando. ¡Yo no tengo la culpa de ser un
hombre! -Eres un hombre, hermanito,
lobato a quien he vigilado. Eres un hombre; de la contrario, la manada hubiera huido frente a los
dholes. Yo te debo la vida, y hoy le salvaste
la vida a la manada, como yo te salvé a ti. ¿Lo olvidaste? Todas las deudas están ya pagadas. Vete con tu propia gente. Te lo repito, luz de mis pupilas: la cacería ha terminado. Vete con tu propia gente. -No iré nunca. Cazaré solo en la selva. Ya lo he
dicho. -Tras el verano vienen las
lluvias, y después de las lluvias, la primavera. Vete, antes de que te veas obligado a hacerlo. -¿Quién me obligará? -Mowgli mismo obligará a Mowgli. Vuelve con tu
gente. Vuelve con los hombres. -Pues me iré cuando Mowgli sea quien obligue
a Mowgli a marcharse -respondió el muchacho. -Nada más tengo que decirte, dijo Akela.
Hermanito, ¿podrías levantarme y ponerme en pie?
También yo fui jefe del Pueblo Libre. Muy
cuidadosa y suavemente, Mowgli apartó los cuerpos amontonados y puso en pie a Akela, abrazándolo, y el Lobo Solitario resolló
con fuerza y empezó a cantar la Canción de la Muerte que todo jefe de
manada debe cantar al morir. Adquiría mayor fuerza por momentos, elevándose, resonando al través del río,
hasta llegar al grito final de: "¡Buena
caza!" Entonces se arrancó Akela de los brazos de Mowgli por un instante,
y, saltando en el aire, cayó de espaldas, muerto, sobre la última y
terrible matanza. Se sentó Mowgli con la cabeza entre las rodillas,
sin atender a cosa alguna, en tanto que los rezagados dholes que huían
eran perseguidos y destrozados por las implacables lahinis. Poco a poco cesaron
los gritos, y los lobos regresaron renqueando, porque sus heridas los molestaban más y más, para recontar
las pérdidas que habían sufrido. Quince de los de la manada y media docena de lahinis quedaron muertos junto al
río, y ninguno de los otros había salido indemne. Y Mowgli permaneció
allí sentado hasta el alba, cuando
sintió en su mano el hocico enrojecido y húmedo de Fao, y entonces Mowgli se apartó y le mostró el demacrado cuerpo de Akela. -¡Buena suerte! -dijo Fao, como si Akela
estuviese todavía vivo, y luego,
hablando a los otros por encima de su ensangrentada espaldilla, gritó.-:
¡Aullad, perros! ¡Esta noche ha muerto
un lobo! Pero de toda la manada de doscientos luchadores dholes, que pregonaban
ser amos de todas las selvas, y que no había ser viviente que pudiera batirse
con ellos, ni uno solo volvió al
Dekkan para repetir las palabras de Fao. La Canción de Chil
(Esta
es la canción que entonó Chil cuando los milanos descendieron uno tras otro al cauce del río, una vez terminada la gran batalla. Chil es amigo de todo el mundo, pero
es una criatura que tiene
corazón de hielo, porque sabe que casi todos en la selva irán a parar a él un día u otro.)
Mis
compañeros eran; frente a mí corrían por la noche, (¡frente a Chil, fijáos, frente a Chil el milano!). Pero ahora silbo sobre sus cuerpos, pues todo ha terminado. (¡Chil! ¡Avanzadas de Chil!). Palabra me
dieron: me avisarían donde botín hubiera; palabra les di: mostrarles yo también al gamo en la llanura. Aquí termina toda huella; enmudecieron por
siempre. Los viejos guías de la manada (¡frente
a Chil, fijáos, frente a Chil el milano!) Los que al
sambhur acorralaban o se apoderaban de él cuando pasaba...
(¡Chil!
¡Avanzadas de Chil!). Aquellos
que explorar solían, los que se adelantaban,
los
rezagados... No seguirán más pistas,
Comentarios
Publicar un comentario